A Kirisha llegamos de noche. No se veía casi nada, pero sí se escucharon los gritos de los niños que salieron a recibirnos. Tocaron una campana para anunciar nuestra entrada, nos abrazaron y sonreían, sonreían mucho. Caminamos hacia el lugar donde estaríamos durante los próximos tres días, armamos el campamento y corrimos a hacer la cena: arepas a la brasa, con atún y hambre.

El cansancio no lo podíamos esconder, pero las ganas de asearnos era un sentimiento nacional. El reloj casi marcaba la medianoche y teníamos dos opciones: bañarnos en el río o dormir con sudor. La primera ganó. Nos fuimos como hermanos todos, sin saber dónde pisábamos, únicamente guiados por el sonido de las aguas y por las manitas de los niños que no nos desampararon nunca. ¡Y allí estaba! Era el cauce más milagroso que podía existir. No lo veíamos pero lo sentíamos y estaba perfecto. La temperatura tibia nos convirtió en personas limpias y renovadas, tanto que la noche fue reparadora en su totalidad.

El menú para el almuerzo era sopa de costilla. Dos gigantescas ollas se llenaron y no se vaciaron hasta que la última alma en la comunidad quedó satisfecha. ¿Qué ocurrió? Nadie sabe. Cuando pensábamos que no alcanzaría, era cuando más sopa salía. Al estar en Maracaibo, hablando con Notshi, llegamos a la conclusión de que sucedió lo mismo de la multiplicación de los panes y los peces. “Sí, fue Dios”, dijimos seguras.

ESCRITO POR  Hennel Huerta

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